
Sus ojos verdes miraron incrédulamente esa sonrisa lanzada al viento, con todo el dolor y recelo guardados no se acongojó, siguió mirando. Con el cabello revuelto por el aire otoñal subió al automóvil; de soslayo miro al pórtico de la casa y la dulzura pálida que allí se encontraba, solo mirando.
Una suave mano se poso sobre su hombro y la condujo dentro de la casa, ambas se sentaron en la mesa de la cocina, el silencio era abrumador, esos ojos claros como la miel, que por sesenta años creyeron haberlo visto todo, no daban fe a lo que instantes antes vislumbraron, su pequeña nietecita yacía frente a ella, sentada en la silla, moviendo sus pies y con las manos sobre el asiento, apretándolo, intentando contener el llanto. De pronto la voz de su abuela se hizo escuchar – No te preocupes hija, aquí estarás bien, siempre ha sido así –
La niña que ahora miraba sus piernas simplemente levanto su cara, su blanco rostro sonrojado por la ira y el llanto contenido, abriendo los ojos libero una lágrima... Sin decir palabra se levanto de la silla y con una tranquilidad inquietante se dirigió al pasillo.
Desde la cocina solo se escucho el crujir de la madera al subir las escaleras y el leve cerrar de una puerta. En ese instante la abuela comenzó a llorar, coloco sus manos sobre su rostro un momento y seco su llanto, se levanto, abrió el grifo del lavabo y empezó a lavar la vajilla sucia por el desayuno.
La puerta se cerró con cerrojo, sin poder contenerse más, se desplomo en la alfombra, de pronto surgió un río de lágrimas que broto de esos hermosos ojos. Tan solo ocho años se hallaban latentes allí, pero el tiempo transcurrido jamás podrá borrar esos recuerdos amargos que cada vez fueron más cotidianos, y éste, amenazaba de mala manera con ser el ultimo.
Su madre, Michelle fue siempre de una belleza admirable, una tersa suavidad profesa el tacto de otro ser humano con su blanquea piel, un ondulado cabello dorado y ojos verdes como un prado veraniego; sus labios hablaban con miel y su cuerpo embriagaba para su desgracia a aquel que se le acercaba; después de algunas ocasiones algo nuevo surgió, algo que para Aurora no significo un problema, más bien un nuevo comienzo, de no ser por ella, la pequeña Beca hubiese terminado en algún lugar del deposito de basura estatal.
Después del parto, Michelle dejo las cosas claras; los primeros brazos que Beca conocería serian los de su abuela, y estos serian los únicos brazos que en aquella casona le abrazarían con amor, nunca tuvo un padre y nunca lo necesito en cambio tuvo a Ángel, un viejo amigo de su abuela que las visitaba varias veces por semana para cuidar de ciertos detalles de la casa y otros deberes.
Creció fuete y sana gracias a la leche fresca que su abuela gustosa ordeñaba de alguna vaca o de alguna cabra de entre el ganado. Todas las tardes corría después de haber regresado de la escuela hacia los campos donde Ángel solía llevar a pastar al ganado y ansiosa esperaba los fines de semana para ir con su abuela a dar un paseo a caballo por el lago.
Como es de esperarse de una niña de apenas ocho años quien pierde un poco de su vida, Beca se encerró en su silencio y en una mortuoria sonrisa que de vez en cuando dejaba escapar. Después de la escuela dejo de ir al campo diariamente e incluso sus paseos a caballo se volvieron menos cada vez.
Pasaba las horas metida en su recamara acompañada de todo aquello que en verdad sentía le era fiel a su persona, sus viejos juguetes, los libros que su abuela le dio, explicando que alguna vez fueron de su esposo y una enorme ventana desde la cual se podían ver las montañas a lo lejos, las colinas, el lago, el granero, la caballeriza y los verdes prados donde Ángel llevaba a las vacas y cabras. Ese era su mundo a los ocho años y lo seguiría siendo por algunos años más...
En su noveno cumpleaños su abuela y Ángel decoraron las casa con globos de colores, cocinaron una gran cena y hornearon un pastel, a lo cual la pequeña sólo respondió con esa sonrisa fría característica y después de haber complacido a su abuela subió a descansar encerrándose como siempre en su recamara. Se tendió en el suelo frente a la ventana y mirando el firmamento plagado de estrellas cerró los ojos y callo profundamente dormida.
El sol entro radiante por la ventana, sus rayos se colaron entre las cortinas de raso blanco y suavemente recorrieron su rostro obligándole a despertar... Pesarosamente abrió los ojos y se quedo mirando la ventana, por un momento esa imagen pareció irreal como siempre al despertar estaba frente a ella la ventana que ofrecía su vista mañanera del valle y la lejanía del horizonte...
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