Hoy miro aquel diván
solitario, vacío y despreciado
donde tu belleza solías recostar,
ese era el lugar donde acostumbrada estabas a soñar…
Recuerdo tu vestido gris
fresco e insinuante,
calcando tu figura celestial;
tu brazo izquierdo doblado bajo tu cabeza
y tu mirada somnolienta
se ocultaba tras tus parpados y…
volabas…
dejabas ahí tus ataduras,
desprendida recorrías el cielo
en busca de una estrella fugaz
que te concediese tan sólo un deseo…
al regresar al diván
lento se abrían tus ojos,
secabas ese par de lagrimas fugitivas
que escapaban a humedecer tus mejillas…
te ponías de pie en un salto
y corrías asustada hasta mi silla del escritorio
donde yo acostumbraba verte descansar
y fuertemente te aferrabas a mi espalda,
besabas mi nuca, te sentabas en mis piernas
y volvías a ser pequeña niña,
una mujer sedienta de protección
y yo era tu hombre aguerrido y protector.
Pasaron inevitables los días
y el verano de tu vida
se volvió un cruel otoño para los dos
y al diván ya no pudiste regresar.
Sólo dormías en cama, nuestra cama,
comías en ella, vivías en ella
y comenzaste a morir en ella…
frágil, débil, agobiada y postrada.
Inútilmente golpee mi cuerpo,
desgarré mi mente y lloré…
pero ni los golpes, las suplicas desesperadas,
ni las lágrimas cálidas de mi alma
te hicieron sanar…
amor, lo siento… fallé…
de esa enfermedad no te pude proteger…
Llegó tu invierno..
el Diván…
la cama…
mi vida…
mi alma…
vacíos están…

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